Enamorarse es una de las experiencias más maravillosas e intensas que se puede vivir. Ya sabe, un estado de alteración fisiológica continua que le impide comer y dormir, los pensamientos secuestrados, la atención desfigurada, el corazón que se sale del pecho, y la cuenta atrás para reencontrarse con la persona amada. Lope de Vega le dedicó un soneto que concluía así: “… Esto es amor, quien lo probó lo sabe”. Nadie está libre de enamorarse ni hay lugares blindados libres de oxitocina, la hormona del amor.

Los entornos laborales tienen cierto aroma celestinesco que los hace pródigos en promover el amor. Piénselo bien: contacto extremo, afinidad social y educativa, objetivos comunes, actividades extralaborales y más solteros que nunca en la sociedad. Solo falta la chispa para que ese polvorín deflagre. No es casualidad que el 10% de los escarceos amorosos tengan lugar en las fiestas de empresa y el 9% afuera de comer juntos un día tras otro.

Embelesarse por un compañero o compañera de trabajo es lícito. Otra cosa es que la empresa lo permita, pero es un sentimiento natural y, como decíamos antes, nadie está libre de un buen chute de hormonas. Tenga en cuenta que según diversos estudios un 40% de los trabajadores ha tenido alguna vez una cita fuera de las paredes de la oficina y un 17% ha repetido.

Enamorarse en el trabajo es como invertir en bolsa, no es 100% azar, pero solo hay dos resultados posibles: o sale bien, o sale mal. Si consigue salir de la oficina con una pareja para toda la vida estará de enhorabuena, eso que se ahorra en plataformas online  y en discotecas. Ahora bien, como el proyecto se quede en el camino se le puede abrir una caja de Pandora devastadora. ¿No se lo cree? Si usted es millennial busque en Wikipedia “Mónica Lewinsky”. De hecho, el 10% de los que han tenido una aventura acaban abandonando la compañía por esa razón.

Y si sale mal…
No pretendo ser el Grinch del amor, pero antes de dar el paso valore bien las consecuencias del fracaso. Por ejemplo, se enrarecerá el clima en la oficina y obligará a que unos y otros tomen partido. Además, serán el centro de todos los rumores, especialmente ella: las mujeres son más objeto de habladurías.

Durante el proceso del enamoramiento su rendimiento inicialmente mejorará. De manera inconsciente ambos se esforzarán para evitar ser tachados de “distraídos”, pero poco a poco ese esfuerzo irá decreciendo hasta caer por debajo de lo habitual.

Otra amenaza que surge es que uno de los dos se vaya a una empresa de la competencia, al enemigo. Del otro, el que se queda, que comparte colchón con el traidor, se podrá pensar que queda de retén y se perderá confianza a la hora de compartir asuntos internos importantes.

Sin embargo, aún no hemos tocado las dos situaciones más delicadas que se pueden dar, que en el colmo del triple salto mortal con tirabuzón y sin red se pueden combinar: el adulterio y la relación con un superior.

Enamorarse del jefe
Otros estudios al efecto concluyen que el 19% de estas demostraciones de pasión envuelven una infidelidad o dos, algo que será censurado por los compañeros, pero además, un 15% son relaciones en las que uno de los dos tiene superioridad jerárquica sobre el otro, lo cual no es jugar con fuego, es meter toda la cabeza en el horno.

A esta altura del artículo puede que se haya quedado lívido y se reproche a sí mismo aquella vez en la fiesta de navidad que le dijo a la chica de marketing: “Qué quieres tomar, invito yo”. Tampoco se congratule de que le dijera que ya no quería beber más. De haber funcionado habría podido experimentar algo tan maravilloso como el amor. Siempre hay que darle una oportunidad.

 

Más información y contacto:

Antonio Pamos

Ph.D.

Socio-Director

apamos@facthum-arh.com