En los últimos meses hemos asistido a la caída en desgracia de varios políticos por cuitas del pasado. «Su conducta no ha sido ejemplar, como cabe exigirle a un servidor público», han sentenciado los vigilantes de la moral.

Los protagonistas de estas historias habían cruzado ya el ecuador de sus vidas, por lo tanto, dejaban atrás años y años de vivencias de todo tipo. Sin embargo, a estos servidores públicos se les exige una hoja de servicios intachable, inmaculada, libre de toda sospecha.

Cuando uno se encuentra en la década de los 40, de los 50, para poder presentar un expediente impoluto su vida ha tenido que transcurrir extramuros de cualquier centro de reclusión, no es posible hacerlo de otra manera.

Lo siniestro de esta demanda de ejemplaridad es que niega el derecho natural a aprender de los errores. De hecho, las multas u otro tipo de acciones penales tienen como fin impeler al actor a no reincidir en su falta bajo la premisa de que se aprende de los errores y de sus consecuencias.

Esta demanda de ejemplaridad niega el derecho natural a aprender de los errores.

Thomas Edison decía que inventó la bombilla después de 99 intentos fallidos, de 99 errores, 99 fracasos. Un pianista, un pintor, un futbolista van depurando su técnica mientras eliminan de su repertorio de conductas las más inadecuadas. Los niños aprenden que una conducta que genera un castigo debe desaparecer.

No obstante, parece que nuestros políticos nacieron ya aprendidos y que aquellos errores cometidos hace años, como son los casos, son producto de una depravación moral congénita que les incapacita para representarnos.

La literatura científica cuenta con centenares de evidencias de cómo, a la luz de una equivocación, se desarrolla un estado de alerta especial para evitar volver a errar. La investigadora británica Andrée-Ann Cyr, por ejemplo, demostró en un concienzudo experimento basado en preguntas y respuestas que aquellos que fallaban y se les facilitaba la respuesta correcta aprendían mejor que los que acertaban por simple azar. El mero hecho de haberse equivocado generaba un estado mental más receptivo y, por tanto, abonado para hacer germinar un nuevo aprendizaje.

Poner a tres astronautas sobre la superficie lunar es el resultado de numerosos aciertos, pero también de flagrantes errores.

El ensayo y el error ha constituido el método fundamental de aprendizaje durante toda la historia de la humanidad y así lo hemos replicado en los sistemas más avanzados de inteligencia artificial. Poner a tres astronautas sobre la superficie lunar es el resultado de numerosos aciertos, pero también de flagrantes errores. Confucio lo consideraba la manera más amarga de aprender.

Ser ejemplar es fundamental para construir una sociedad alineada con los valores que deben sustentarla y que serán también la base de actuación de los adultos del futuro. Exigir esa misma ejemplaridad con retroactividad es de una enorme perversidad porque obliga a ocultar, omitir o alterar hechos que ocurrieron en un momento dado y que, de haber aprendido de ellos, nos deberían haber transformado en mejores personas.

Antonio Pamos Ph.D.

Socio-Director Facthum

apamos@facthum-arh.com