Lo que distingue a los procesos de digitalización de los de transformación es el componente social. Sin éste factor están abocados al fracaso.

Empezaba el primero de los post de esta serie  «Transformación digital o radical» afirmando que la forma en cómo se gestionen los procesos de Transformación Radical con los que nos enfrentamos serán claves para diferenciar a los países y a las organizaciones entre sí.

Hace algún tiempo leí en la web/blog de la consultora Sintetia accesible en el artículo «Una innovación sin éxito en el mercado no se considera innovación»  la frase siguiente: “La tecnología no es innovación hasta que el mercado está preparado para aceptarla.” Este concepto de preparación nos afecta a todos, aunque a menudo pueda estar condicionado por la actitud de determinados sectores o colectivos que pueden actuar de freno a esta innovación como podemos constatar diariamente en muchos ámbitos. A modo de ejemplo podemos escoger el ámbito de la movilidad y el transporte. Desde los coches eléctricos, (un invento de inicios del siglo XX que ha sido frenado durante decenios por la industria petrolífera fundamentalmente), hasta los problemas y reticencias mentales (en este caso de los ciudadanos) con los que se enfrenta la conducción autónoma. Sin embargo, y aunque a corto plazo, estos frenos pueden resultar exitosos a corto plazo, por unas u otras razones son siempre superables a medio o largo plazo.

El cambio se produce como consecuencia de multitud de factores que se retroalimentan a sí mismos, aunque el más común sea el resultado de una pequeña innovación aplicada a un bien o servicio presente en el mercado generando una nueva necesidad que es atendida y que a si mismo crea una nueva innovación… y así hasta el infinito. Tradicionalmente estos cambios y necesidades ni eran tan rápidos ni tan disruptivos como lo son en este momento. Todo era más previsible y estable. Hoy, sin embargo, la velocidad y la profundidad del cambio son impresionantes. Y todo ello genera la necesidad de modificar las estructuras organizativas internas en todos los ámbitos: operaciones, logística, comercialización, recursos, etc. con el objeto de satisfacer a estas nuevas necesidades garantizando la supervivencia de la propia organización o industria.

La tarea fundamental de los equipos directivos, es la de pensar en el estado de esta retroalimentación y supone, el análisis permanente de la actividad que desarrollan los competidores, y de las tendencias del mercado.

No conviene olvidarnos del ejemplo de la farmacéutica a la que me refería en el post “Transformación digital o radical”… “Piensa en tu sector y luego pregúntate el grado de digitalización en el que te encuentras. Haz un examen detallado de cada área, de cada departamento, analiza que sucede con la tecnología actual y que no. Pregunta si lo necesitas. Toma decisiones si la cosa no pinta como esperabas inicialmente. Esto no va de esperar. La pregunta no debe ser ¿me afectará la disrupción en mi empresa o en mi sector? La pregunta correcta es ¿cuándo? y también ¿con qué tecnología va a suceder?” Unas cuestiones, que recordemos, están formuladas por Marc Vidal en el post «Tus clientes han cambiado, ¿ha cambiado tu empresa?»

Prosigo con los argumentos de Marc. “¿En los últimos 6 meses has automatizado algo en tu empresa? ¿En los últimos tres meses has modificado algún proceso operativo? (…) ¿Durante la semana pasada has analizado las reacciones en las redes sociales a tus publicaciones? ¿Tu empresa diferenciaba entre digitalizarse y transformarse digitalmente? ¿Y entre táctica digital y estrategia de transformación? ¿Existe una comunicación personalizada para cada cliente? ¿Tenéis herramientas para la captura de datos y (utilizar esta información) para hacer venta predictiva? ¿Tienes a tiempo real datos de oferta, publicidad, procesos de la competencia?” etc.

Recordemos que toda adopción tecnológica, todo proceso de transformación, para que resulte eficaz y eficiente, exige preocuparse de las personas y de los cambios culturales que éstas deben hacer y asumir.

Un elemento clave al que me he referido en repetidas ocasiones y particularmente en «Transformación: ¿Por qué es tan difícil?» Y ello es así porqué es susceptible de provocar cambios en ámbitos que pueden estar muy lejanos y que inicialmente pueden incluso ser impredecibles. Un ejemplo que puede llegar a ser paradigmático y que ha sido analizado incluso por el World Economic Forum es el de los trasplantes. Un caso expuesto en «Value in Healthcare: Accelerating the Pace of Health System Transformation» que les permite formular la reflexión de que si se generaliza la reducción de uso del automóvil (coches autónomos, nuevos sistemas colaborativos de movilidad etc.) parece lógico pensar en una reducción sustancial del índice de accidentabilidad y como consecuencia de la disponibilidad de órganos para todo tipo de trasplantes. Recordemos que hoy la mayoría de los órganos trasplantados proceden de donaciones en muertes en accidentes de tráfico. Un dato positivo que generará efectos perversos para la salud de todas las personas necesitadas de un trasplante y que va a suponer –algunos creen que en el plazo de 5 años- la presencia de una nueva industria dedicada a la creación de órganos artificiales con tecnologías de impresión 3D.

Muchos de los cambios son simplemente pequeñas innovaciones que se producen simplemente para que los nuevos productos o servicios den mejor respuesta a las necesidades de los clientes o usuarios. 

Todo cambio produce ganadores y perdedores y genera una respuesta de éstos últimos dirigida a presionar a los poderes públicos con el objeto de defender sus –derechos adquiridos- A menudo “la sociedad considera que es preciso intervenir en esos procesos, generalmente para defender a los afectados por ese cambio, e impone restricciones o limitaciones de diversos tipos, que para ser eficientes, deben balancear los beneficios obtenidos por las nuevas soluciones con el estímulo razonable para que quienes desarrollaban las actividades anteriormente puedan, cuando menos, intentar evolucionar”. Unas reflexiones, clarividentes y acertadas que Enrique Dans formula en «Tecnología y efectos secundarios»

Y que prosigue de la forma siguiente: “¿Tiene lógica negar el progreso y el avance que supone el uso de una –app- para movernos por una ciudad, o simplemente prohibir su uso como si no aportase ningún beneficio? No parece que esa solución sea demasiado justa ni lógica: más bien, deberemos considerar que la situación que dio origen a las limitaciones y regulaciones anteriores ha cambiado debido al desarrollo de una tecnología determinada, y readaptar esa regulación al nuevo contexto contando con los nuevos actores (y la nueva oferta de servicios”.

Otro de los factores de cambio procede del propio uso masivo de las nuevas tecnologías. “Todo progreso o cambio tecnológico acarrea, si no es controlado adecuadamente, (impactos) que muchos pueden considerar problemas, y así ha sido a lo largo de la historia. La revolución industrial nos trajo la deforestación de amplísimas áreas geográficas y la contaminación, del mismo modo que la popularización del automóvil nos trajo ciudades insoportablemente colapsadas”. Aunque hoy somos conscientes de los impactos negativos que se produjeron, hoy ya nadie puede defender que hubiésemos debido renunciar a una innovación que nos ha permitido alcanzar niveles de vida impensables hace tan solo 200 años. 

Ante un proceso de cambio como el que vivimos, lo que procede es intentar (tecnológicamente) corregir los efectos perversos (si los hay) que la transformación genera.

Recordemos que otro de los ámbitos en los que la transformación va a ser más radical e incluso impactante, y que va a conllevar modificaciones sustanciales en la vida humana es la de los asistentes personales. Pronto todos tendremos a nuestro lado un asistente virtual que llegará a conocernos incluso mejor que nosotros mismos, sabrá cómo estamos tanto desde el punto de vista física como emocional, detectará nuestras necesidades y nos formulará alternativas de todo tipo, incluso mejor que nosotros mismos o las personas de nuestro entorno. Lo dicho vivimos un proceso de transformación que hará que pronto no recordemos los tiempos (años 90) en los que, por ejemplo, no contábamos ni con la existencia de la web.