Se lleva hablando de aquiescencia desde 1929 (Mathews), y desde entonces, al hablar de ella estamos hablando de una forma peculiar de contestar a un cuestionario o test por parte de una persona. La importancia que radica en esta cuestión es obvia: contestar de forma aquiescente a un test supondría invalidar la prueba a la persona que la contestó.

La aquiescencia se caracteriza por ser una tendencia a decir que sí o a estar de acuerdo con las preguntas de un test, independientemente de su contenido, contestando por igual a aquellas afirmaciones de signo opuesto. Podría esperarse que la aquiescencia fuera un rasgo de la persona que contesta el test, pero esta estabilidad se ha demostrado que se da más bien entre tipos de pruebas y no con todas las pruebas, ya que aquellas personas que muestran aquiescencia en escalas de actitudes no lo hacen en pruebas de personalidad (son situaciones distintas), por lo tanto, la aquiescencia se mostraría en ciertas situaciones y no en otras.

Ciertas condiciones en la forma de redactar ítems estimulan que se produzca aquiescencia (existencia de ítems muy genéricos o ambiguos, que todos los ítems estén formulados en la misma dirección o que los constructos que se pretenden medir sean muy amplios, con descripciones complejas y multitud de características), pero afortunadamente se han desarrollado diversos métodos para minimizar su efecto. Equilibrar las escalas con ítems redactados de forma positiva y de forma negativa es la solución típica (por ítem negativo se entiende aquel que es opuesto a lo que se pretende medir), que no soluciona del todo el problema, pero que permite comprobarlo si se da.

Una característica de la persona que marca la posibilidad de que dé respuestas aquiescentes a un cuestionario es su nivel educacional, que viene asociado a su nivel de comprensión lectora y que por lo tanto, a menor nivel comprensivo, mayor ambigüedad a la hora de entender ciertos ítems, sobre todo los redactados de forma compleja, y tal ambigüedad apoya la tendencia aquiescente.