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Decía Benjamín Franklin que hay tres cosas extremadamente duras: el acero, el diamante y conocerse a uno mismo.

De pequeño yo era muy aficionado al fútbol, por presión popular porque nunca terminó de gustarme, y de hecho, ahora no lo sigo en absoluto. De cualquier forma, me conocía las alineaciones, seguía la jornada de liga con enorme interés y lucía la parafernalia del que fuera mi equipo.

Los jugadores de fútbol, eran para mí un modelo a seguir, personajes de éxito que tenían todo a lo que un niño podía aspirar en la vida.

Sin embargo, tanta idolatría tenía que convivir con un conflicto moral que me generaban esos mismos dioses del balón, y era cómo aceptar que intentaran engañar al árbitro tirándose en el área para que pitara un penalti que no era tal o, por ejemplo, que exageraran las faltas para que éste sacara una tarjeta inmerecida al contrario.

Claro, todo eso chocaba de frente con unos valores de urbanidad, con una ética que me inculcaban día a día, con la búsqueda de la honestidad, la sinceridad, la integridad.

Un día me hice mayor, y me di cuenta de que el engaño era una pieza más del fútbol, formaba parte de su esencia, como el fuera de juego o los regates, no era una derivación indeseada, no, era el mismo fútbol.

Con el tiempo fui añadiendo a aquella revelación otras, que hay policías que roban, profesores que no lo saben todo o políticos que no cumplen lo que prometen. Llegado a ese punto, entendí mejor eso que llaman vivir.

Autor: Antonio Pamos

Fuente: http://blogs.cincodias.com/de-talentos-y-talantes/