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Freud denominaba “mecanismos de defensa” a ciertas estrategias inconscientes con las que nos salvaguardamos de una realidad amenazante. Así, recuerdo a un antiguo cliente, ya jubilado, que afirmaba con tono ex catedra que Internet estaba sobrevalorado, era su postura ante un tiempo nuevo que le excluía.

Es condición del ser humano adulto la resistencia a las innovaciones, tecnológicas o no, porque le genera inseguridad y así es que desarrolla un perfil conservador donde cualquier tiempo pasado fue mejor.

Resulta habitual alabar la lectura del periódico en papel, el sonido intemporal

del vinilo, el rechazo al GPS en favor de la intuición, o el lento y dedicado puchero frente a otros artilugios de cocina cargados de sensores.

Creo que es el escritor Javier Marías quien se vanagloriaba de seguir escribiendo en una Olivetti, lo cual es digno de tanto respeto como de curiosidad. Desconozco si seguirá haciéndolo, pero lo que es cierto es que cada vez le costará más encontrar la cinta entintada que imprime el papel, si no cualquier otra pieza fundamental de su máquina de escribir.

Y este es el hecho luctuoso que acompañará a cualquier objetor de conciencia de lo tecnológico, que cada vez se sentirá más arrinconado, más ninguneado, más marginado.

Enfrentarse a la tecnología es algo así como cargar uno solo contra un poderoso ejército, es sentirse aquel estudiante chino que paró temporalmente en Tiananmen a las hordas militares progubernamentales, y digo temporalmente porque se sabe que al final sucumbió.

Las innovaciones son claramente parciales y arbitrarias, de ninguna manera son para todos, y manifiestan simpatía por aquellos que están dispuestos a adoptarlas, los que siendo mayoría y en su conjunto con más riqueza se suben al tren que fletan. Los demás son abandonados en tierra, sin ninguna compasión, serán los autoexcluidos, los habitantes de un gueto analógico anacrónico.

Si usted es de estos últimos, puede seguir yendo al banco a ordenar transferencias y a comprar el periódico al amable kiosquero del barrio, pero debe saber que cada vez se lo pondrán más difícil y llegará un momento en que deberá elegir entre subirse al vagón de cola de aquel tren que dejó marchar o ajarse en territorio yermo de contemplaciones. Mientras decide qué hacer, puede seguir invocando tiempos pretéritos que no volverán.

Autor: Antonio Pamos. Facthum