El que esto subscribe ha creado un mantra que comparte con sus hijos, aun a riesgo de ser tildado de brasas: “quien no sabe expresar sus ideas, carece de ellas”.

Esta entradilla es consecuencia de la encuesta de hábitos de lectura que recientemente ha presentado la Federación Española de Gremios de Editores. En ella, este organismo constata que un 40% de la población española jamás lee.

La lectura no debe ser vista como algo elitista y exclusivo de castas académicas, inaccesible para el vulgo iletrado, no, de ninguna manera, porque hay textos para todo tipo de lector, como los hay para todas las edades. Lo único que falta es el hábito, el impulso inicial de coger un libro y hacerlo sin la predisposición a pasar un rato aburrido.

Leer no es sinónimo de glamur, es por el contrario algo necesario, fundamental, una herramienta de supervivencia, porque si ha demostrado algo la historia es que los sátrapas hacen de la ignorancia del pueblo su principal activo. ¿Para qué limitar la libertad de expresión si puedo eliminar la capacidad de expresión?

Cuando Emilio Calatayud, el ejemplarizante juez de Granada, cuenta que en su día a día se enfrenta a jóvenes cuyo lenguaje no trasciende de una interjección, de un gruñido, un simple “urgh”, se pone de manifiesto un fracaso flagrante del sistema educativo con unas consecuencias de décadas, porque esos menores transitarán o deambularán por la vida por un periodo muy largo aún.

La lectura debe ser fomentada por el Estado a través de todos los mecanismos a su alcance como se hace para inculcar la alimentación sana, la actividad física o las revisiones médicas. Un pueblo leído, es un pueblo con criterio, capaz de generar y compartir ideas, de puntualizar y mejorar las de los demás, de interiorizar mensajes, es una inversión que no siempre interesa, pero que a largo plazo aporta un claro beneficio. Cuando un 40% de la población no lee, alguien debería disculparse y proponer acciones correctoras.

La incapacidad para expresarse, crea Campos de Agramante donde los tuertos doblegan a los ciegos con reglas indiscutibles, no por imperativas, sino por la incapacidad de estos de tomar la palabra al no saber cómo decir lo que se quiere decir.

 

Antonio Pamos